A últimas fechas, el tema de la moda verde ha ocupado parte importante de la conversación en la industria. Pero, ¿cómo se ha llegado hasta este punto y cuáles son los verdaderos retos que se plantean? Considero pertinente comenzar con un esbozo de las principales transformaciones en la historia de la moda.
La historia de la moda puede contarse desde varias perspectivas, para los fines de este ensayo retomaré ideas de la perspectiva de Gilles Lipovetski en el Imperio de lo Efímero. Para este autor, la moda, en el sentido estricto, no se produce en todas las épocas ni en todas las civilizaciones, sino que es el resultado de un proceso inseparable del nacimiento y desarrollo del mundo moderno occidental.
Al inicio, la moda estaba reservada a las clases nobles y los plebeyos tenían prohibido vestirse como la aristocracia, es decir, no podían usar las mismas telas, ni accesorios, ni joyas, se puede decir, incluso, que una sus funciones principales era la de jerarquizar a la sociedad. A partir de los siglos XIII y XIV, con el desarrollo del comercio y la aparición de los bancos, comenzó a crecer el número de personas, que gracias a sus inmensas fortunas, podían vestirse como los nobles. Los artesanos, por su parte, se dedicaban a ejecutar estrictamente los deseos de sus clientes. A pesar de estos cambios, la moda tuvo una evolución relativamente lenta hasta finales del siglo XIX.

Ya en el siglo XX, inició la etapa de la “moda moderna” que se estructuró principalmente a partir de dos industrias nuevas, por un lado, la Alta Costura y, por el otro, la confección industrial. Ambas diferentes entre sí en lo referente a técnicas, gamas de precio y objetivos. Cabe destacar, que entre estos dos extremos, siempre existieron la pequeña y la mediana costura, representada por aquellas mujeres que acudían con modistas o que confeccionaban sus propios vestidos.
Contrario a lo que podría pensarse, la Alta Costura, al inicio, más allá de haber acelerado la innovación, la regularizó, ya que, los compradores extranjeros profesionales fueron en aumento. Primero, ellos elegían los modelos junto con los derechos para producirlos en su país y, posteriormente, los simplificaban para que su clientela, en otros países, pudiera vestirse a la última moda a precios accesibles. Con este proceso, la moda, se convirtió en la primera manifestación de consumo de masas: “homogénea, estandarizada e indiferente a las fronteras” (Lipovetski, 2013:81).
Durante de la posguerra, la ropa a la medida y la Alta Costura se convirtieron en un lujo que paulatinamente se reservó a un menor número de personas. Por su parte, la ropa de confección tradicional presentaba deficiencias con respecto a la calidad. Sin embargo, la nueva lógica de la producción industrial hizo posible el nacimiento del prêt-à-porter, que dio como resultado la fusión de la industria y la moda. Gracias a ello, los signos efímeros y estéticos de la moda comenzaron a ser accesibles para más y más capas de la sociedad.
A partir de 1990, los grandes avances que experimentó la industria de la moda dieron pie a un nuevo fenómeno llamado fast fashion. Las novedades tecnológicas en lo referente a procesos de diseño, logística, cadenas de suministro y medios de fabricación, permitieron a las marcas comenzar a hacer imitaciones de la Alta Costura, que el usuario final podía adquirir a precios muy bajos, casi en el mismo momento de su lanzamiento. Lo anterior, trajo como resultado que en muchos casos las versiones para el mercado de masas se anticiparan a los modelos originales, que eran, supuestamente, exclusivos. Dicho modelo provocó que el consumo se acelerara y, por ende, los usuarios comenzaron a desechar su ropa rápidamente. Las principales marcas que comenzaron este tipo de producción fueron: Urban Outfitters y Gap en Estados Unidos; Grupo Inditex en España; y H&M en Suecia (Sims, 2014:180). Este fenómeno parece tener la virtud de democratizar la moda, sin embargo lo hace a expensas de la tierra y los seres humanos que son explotados por esta industria.

En la actualidad, la industria textil es una de las más dañinas para el planeta, esto se ve reflejado en los números, he aquí algunos ejemplos: para producir una tonelada de tela se requieren 200,000 litros de agua y se emiten 7 toneladas de dióxido de carbono (CO2); el algodón, mientras tanto, emplea el 10% de los pesticidas sintéticos del mundo; el poliéster, que es una de las principales fibras sintéticas, emite compuestos orgánicos y gases como el cloruro de hidrógeno (Carrillo, 2018), entre otros datos alarmantes.
Además de los daños a la naturaleza, la industria de la moda ofrece empleos en condiciones deplorables para los trabajadores, que en su gran mayoría son mujeres de países subdesarrollados. Uno de los sucesos más recordados en cuanto a condiciones peligrosas de trabajo en este sector, es el colapso de Rana Plaza en Dhaka en Bangladesh, ocurrido en abril del 2013, en el que más de 1,100 personas perdieron la vida y cientos más resultaron heridas.

¿Pero cómo es posible que la humanidad haya llegado a este punto? Según Jean Baudrillard, la moda es la columna vertebral de la sociedad de consumo. El consumo de la ropa se sustenta en una lógica de la presentación y de la distinción social. En este sentido, los objetos no se consumen por sí mismos o por su valor de uso, sino en razón de su valor de cambio, o lo que es lo mismo, en razón del prestigio, del estatus y del rango social que confiere (Lipovetski, 2013).
De acuerdo con Francisco Pérez Cortés, después de las guerras, las amenazas nucleares, la capacidad de exterminio y la violencia generalizada, fue difícil hablar de la razón y, por ende, ésta pasó a segundo plano en la vida del ser humano. En una sociedad en la que ya pocas cosas importaban, todo lo demás se volvió importante. Arreglarse, divertirse, perfumarse, cobraron una relevancia decisiva. Entonces, se pudo hablar de una estética de la existencia (2001:24). Parece ser que la moda como la conocemos hoy es un síntoma de nuestra sociedad y no precisamente el problema a resolver.
Entonces, la moda podría también interpretarse como una vía de escape para varios procesos sociales, productos de la posmodernidad. Por ejemplo, para algunos grupos que históricamente han sido reprimidos y silenciados, la moda y el estilo se han convertido en un medio para alzar la voz ante la sociedad. Las mujeres, los jóvenes, las personas de color y los queer, entre otros, han podido expresarse también por medio de su cuerpo, su cabello, sus tatuajes y sus perforaciones (Avery, 2018). Como resultado, han encontrado una forma de desahogo y protesta que los identifica en sus luchas genuinas. Además de ellos, todos los grupos humanos, de alguna manera, utilizan la ropa como una vía de expresión, que es —cada vez más— compleja, y que, en este sentido, ha llegado a convertirse en un elemento de gran relevancia.
Por lo anterior, lejos de señalar a la industria de la moda, o buscar su desaparición, se propone replantearla. El sistema de la moda, desde hace varios años, se conjuga en un trinomio compuesto de la siguiente manera: diseño-tecnología-sistema económico, pero como hemos mencionado, el diseño se ha ido subordinando, paulatinamente, a la voracidad del crecimiento nocivo de esta industria. Por tanto, la iniciativa para replantear este sistema, tiene que nacer de los consumidores, los productores independientes y de aquellos diseñadores que por sus valores éticos no compaginan del todo con el sistema actual.
Por otro lado, los usuarios, tienen un papel complejo en el sistema actual de la moda. No se pretende eximir a éstos de los vicios de consumo que han desarrollado, sin embargo, la tendencia de muchas industrias millonarias ha sido depositar en los usuarios toda la carga de responsabilidad. Un ejemplo es el de la industria de las bebidas refrescantes y agua embotellada. Según un documental de la Deutsche Welle, mientras que, por un lado, varios documentos confidenciales demuestran que la principal empresa refresquera del mundo ha evadido intencionalmente los envases retornables con el fin de incrementar sus ganancias, por el otro, invierte grandes sumas de dinero en la creación de supuestas organizaciones ambientales que continuamente desarrollan campañas en medios masivos para transmitir el mensaje de que los consumidores son los responsables del desastre ambiental, asimismo, ha financiado un sistema para reciclar botellas de PET que, lejos de ser efectivo en el porcentaje total reciclado, da como resultado la explotación de personas que se ven orilladas a dedicarse a la recolección. Esto me recuerda la campaña de reciclaje de H&M en la que se ofrece un descuento en la próxima compra a quienes lleven sus prendas a reciclar. ¿A caso esto mejora sustancialmente los problemas ambientales que provoca su industria o en realidad solo buscan transmitir una imagen positiva de ellas mismas a sus clientes?
Carry Somers, activista de moda responsable, quien lidera el movimiento Fashion Revolution, argumenta que el camino para desmantelar el sistema nocivo de la moda es la transparencia en el proceso. Resulta increíble, por ejemplo, que las marcas no sepan ni siquiera en dónde ni en qué condiciones se produce la ropa que venden. Según ella, una forma determinante para presionar a las marcas a ofrecer cada vez mayor transparencia puede ser que el usuario la exija a través de las siguientes preguntas: ¿quién hizo mi ropa?, ¿bajo qué condiciones?, ¿con qué materiales?, ¿a dónde van a parar después las prendas? El usuario debe aprender que todo aquello que usa transmite su posición con respecto a problemas reales, por tanto también debe preguntarse: ¿Mi vestir es congruente con mi forma de pensar?
En cuanto al diseñador, es pertinente enfatizar que puede tener un papel importante en la mitigación de los problemas que la industria de la moda enfrenta actualmente. En primer lugar, a través de su creatividad, debe ser capaz de crear objetos que no tiendan a la efimeridad, para ello, se pueden desafiar paradigmas y dejar de lado conceptos como lo nuevo, lo último, lo más tecnológico y, en cambio, retomar algunos valores culturales y tradicionales, que dicho sea de paso, han sufrido también los embates de una moda con tendencia globalmente homogeneizante que subvalora las vestimentas típicas de diferentes regiones. Lo anterior, puede ir de la mano con sistemas de producción mixtos que, a través de procesos artesanales, eleven el trabajo de grupos de personas que dominan conocimientos técnicos que se han transferido de generación a generación. Ya han surgido iniciativas con ideas interesantes por parte de algunas marcas o diseñadores, pero por ahora no se puede hablar de un cambio significativo de ruta, por lo que es importante no quitar el dedo del renglón. La moda debe permanecer en cuestionamiento constante y la moda verde debe ir más allá de ser una tendencia para limpiar conciencias. Por ahora, no podemos conformarnos.
